lunes, 9 de diciembre de 2013

El niño es niño

Los adultos no podemos comprender al niño o la niña si no somos capaces de colocarnos desde su punto de vista interior para ver las cosas como él las ve, Sólo con un grado elevado de empatía le comprendemos y aceptamos incondicionalmente.
El niño o niña dispone de naturaleza sociable, está concebido para la convivencia, es capaz de asumir su responsabilidad como miembro de la sociedad y capaz de aportar a ésta su originalidad, que no debe confundirse con egoísmos caprichosos. Partiendo de esta base, y sabiendo que cuando nace el niño o la niña desconoce las normas y pautas de comportamiento de su grupo social, los padres, las madres y los educadores debemos ser facilitadores de experiencias y relaciones que estimulen su progresiva madurez social.
Si educamos al niño o la niña para la vida en sociedad, debemos reflexionar sobre el tipo de sociedad en la que va a desenvolverse, sus normas, pautas y valores, además de las pequeñas sutilezas implícitas en las relaciones positivas. Determinando esta sociedad, sabremos el tipo de hombre o mujer que debemos promover y potenciar, pero siempre respetando su individualidad.
No podemos imponer a los niños y niñas las pautas de comportamiento de los adultos, pretendiendo que actúen como "hombres y mujeres con tamaño reducido".
Como se ha dicho con anterioridad, la permisividad produce falta de control interno, convierte a los niños en egoístas y oportunistas e impide su evolución hacia la madurez. La sobreprotección transmite sensación de incapacidad e inseguridad, lesiona la autoestima y bloquea el crecimiento emocional.
No hay que temer a la libertad del niño o la niña. En realidad sólo se educa a sí mismo el niño o la niña que crece en libertad, porque le conduce desde la total dependencia hasta la autonomía plena de forma gradual. Los adultos deben ir marcando márgenes y pautas que se van ampliando en libertad y responsabilidad a medida que el pequeño o pequeña puede asumirlas. El exceso de normas, mandatos y prohibiciones, no estimulan la independencia ni la responsabilidad, sólo asfixian la libertad.
La autoridad y la firmeza son necesarias para promover valores y capacidades. Es la actitud que facilita la interiorización de normas de conducta. La autoridad bien ejercida tiene el objetivo de alcanzar la progresiva madurez y responsabilidad de los niños y niñas. La autoridad no debe confundirse con el autoritarismo que reprime la iniciativa, impide el desarrollo de los recursos internos y convierte al niño o la niña en conformista que acata los criterios de los demás o en continuo rebelde.
En el hogar hay que mantener la disciplina. Aunque este valor está desprestigiado, es imprescindible para establecer y conservar el orden, adaptando la conducta de los niños y niñas a las normas y restricciones que impone la convivencia en sociedad. La disciplina no autoritaria evita la amenaza y el castigo, lleva a los niños y niñas hacia la disciplina interior que dirige y canaliza las capacidades hacia la consecución de objetivos y metas en la vida.
Los padres, las madres podemos y debemos fomentar la autoestima elevada en nuestros niños y niñas. Con intuición y habilidad de empatizar comprenderemos sinceramente desde su mundo interior los sentimientos y las emociones, cuidando de no lesionar la opinión que sobre sí mismos comienzan a forjar.
Esta pequeña muestra de actitudes puede resumirse en el deseo de crear un clima afectivo y de seguridad para los niños y niñas. Esto sólo puede conseguirse cuando sentimos valoración y sincero aprecio por los niños y niñas simplemente porque existen, porque cada uno es un ser especial al que queremos, con independencia de que aprobemos o no lo que hace. Si conseguimos que cada niño o niña se sienta apreciado por como es no por como nos gustaría que fuese, si valoramos la cantidad y calidad de tiempo que les dedicamos en exclusiva con atención concentrada y abierta a sus cualidades individuales. Sobre todo cuando el niño o la niña siente que le decimos "me interesas y te quiero".

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